La verdad no hay nada que se pueda decir de San José que no conozcamos y sin embargo, la vida discreta del padre terrenal de Jesús, lo hace al mismo tiempo un extraordinario colaborador de Dios en la obra de la redención, por lo que merece ser recordada.

De José sólo nos hablan dos evangelistas, Mateo y Lucas; José de Nazareth, porque ahí vivió, seguramente nació en Belém de Judá -recordemos que tuvo que ir con María a empadronarse a ése, su lugar de origen-, José era de la estirpe o linaje de David, como decían las escrituras que sería el Mesías. Por relatos de la época que no figuran en la Biblia sabemos que José era hijo de Santiago y Juana. José podría haber tenido un primo muy querido llamado Cleofás, padre de Santiago el menor, Simón el Celote, Judas Tadeo, Lidia y Lisa, que serían primos de Jesús, pero por las traducciones que se hicieron de las sagradas escrituras, del arameo, al hebreo, de éste al griego y finalmente al latín, son confundidos con hermanos ya que en algunos de estos idiomas se usa la misma palabra para designar hermanos o primos, en los textos sagrados queda debidamente acreditado que Jesús fue el hijo unigénito de María, la virgen, desposada con José. Lo que nos quieran decir los hermanos separados o de otras religiones, con esto queda perfectamente aclarado. También por las escrituras sabemos que era de oficio carpintero, aunque algunas traducciones bíblicas dicen artesano u obrero, y que ese oficio, carpintero, enseñó a su hijo. Ciertamente no sabemos cuándo nació ni cuándo murió José, lo que se ha podido comprobar es que cuando Jesús inició su ministerio o vida pública, él ya había muerto, por lo tanto esto tuvo que suceder entre el año doce, cuando encuentra a Jesús en el templo y el año treinta, ya que no está presente en las bodas de Caná.

José es la persona escogida por Dios para cuidar de su familia, es decir, nada más y nada menos que para ser el Custodio del Redentor; para ser el educador y guía de su divino hijo en la tierra, el compañero, protector y sustento de María, la madre de Dios; qué enormes virtudes habrán sido las de José para ser depositario del Misterio Divino y merecedor de tan tremendo privilegio; y digo tremendo, porque, aunque al igual que María, que lo aceptó con toda humildad y obediencia, seguramente ha de haber tenido sentimientos tan humanos como: miedo, angustia o temor, al llevar sobre sus hombros tamaña responsabilidad. Su servicio al Señor es la paternidad. Descrito como hombre justo- otra vez las traducciones, esta misma palabra también se emplea como santo-, acata con fe ciega la voluntad de Dios desde el momento en que renuncia a sus planes de repudiar -en secreto, para evitarle un castigo legal y una afrenta social, - a María, al saberla encinta. Pero también recibe autoridad: él como padre, debe ponerle al niño el nombre de Jesús, a él le revela el Señor los planes de Herodes, José como padre es el custodio de Jesús y María en el exilio y también él, con sus medios, va a presentar al Niño al Templo, a sus ojos y cuidados Jesús “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría y la gracia de Dios estaba con Él”. Como parte de sus deberes lo lleva en peregrinación por la Pascua, y se angustia, como su padre o cualquier padre, cuando se les pierde y lo hallan en el Templo asombrando a los sabios, doctores y rabinos, por sus conocimientos y su inteligencia.

José es el pilar de esa Familia Sagrada, de la que es guía, es el compañero incondicional de María en las penas y angustias, en las alegrías y satisfacciones que como padres la vida les presenta. Es un padre modelo, pero también es un esposo ejemplar, es la amorosa compañía con la que María todo comparte, es la seguridad del sustento y bienestar.

San José es llamado el Santo silencioso, por su humildad, nunca y ante nadie se vanaglorió ni hizo valer su papel de padre terrenal de Jesús, al contrario soportó afrentas y adversidades. También es el abogado de la buena muerte, pues así fue la suya, ya que puede presumirse que murió en brazos de Jesús y María. Son muchos los santos que lo han tenido como intercesor, la gran santa, Teresa de Avila escribe: “Cada cosa que le pido, la veo cumplida y si va algo torcida mi petición, él la endereza”.

Como dato curioso: corre la versión de que antiguamente se anteponía al nombre de San José las iniciales P.P. que querían decir: Padre Putativo o adoptivo de Jesús, y de ahí surgió el diminutivo Pepe, para todos los José.


Opinión

ADRIANA BALMORI AGUIRRE


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