Actualmente, no cualquiera tiene el privilegio de poder decir: “Me voy a dar una vuelta por el barrio”, las ciudades han sufrido tantos cambios en su estructura física que poco a poco se han venido perdiendo muchos de los elementos que alguna vez sirvieron para identificar el lugar donde alguna vez habitamos. Es un hecho que la modernidad no ha sido complaciente y ha pasado por encima de aquellas escenografías urbanas que le dieron sentido y acompañamiento al barrio. Hoy, donde vivía doña Lencha construyeron un super mercado, donde estaba la carnicería, levantaron un edificio de cuatro pisos, y en el terreno baldío donde jugábamos, ahora hay un fraccionamiento con muchas casas donde ya no podemos entrar.

Quienes somos abuelos, no podemos olvidar ese ir y venir por el barrio, desde niños con el juego en la calle, la subida a los árboles, los barquitos en el aguacero; ya adolescentes, el futbol y el béisbol callejero, la competencia “barrio contra barrio”, las posadas y peregrinaciones, las fiestas con amigos, el velorio del vecino, la colecta para el necesitado, los primeros pasos del noviazgo... todo ahí, en el barrio, cerca de la familia, con los amigos, con la flota.

Y cómo no recordar a los pregoneros que alegraban el día ofreciendo afanosamente sus productos y servicios; el panadero, haciendo equilibrio con su voluminoso canasto sobre la cabeza, el señor de los tamales calientitos, de chile y de dulce, rancheros y de elote; don Jacinto repartiendo la leche con su desvencijado caballo, el silbato incomparable del afilador, que se apostaba en cada esquina para dejar listos los cuchillos y las tijeras; no se puede olvidar también al señor de los plátanos hervidos con crema, sacándole a su pesado instrumento ese sonido característico que invadía el rumbo, todavía resuena el grito fuerte y seco del repartidor de gas; y qué decir del tradicional velador, qué tan sólo al escuchar el silbato daba seguridad y confianza. Estos pregones le daban sentido al barrio, empezaban por la mañana y continuaban hasta la noche, cientos de voces discordantes, a veces imposibles de entender a la primera pero siempre con el entusiasmo que genera el trabajo limpio y honrado.

Sonidos y pregones que se identifican con la gente y que son parte de nuestra cultura, porque en su valioso accionar sigue implícita la gran oportunidad del intercambio, del encuentro, de la charla, del saludo. Para los que alguna vez tuvimos que alejarnos del barrio, retomemos la idea y volvamos a recorrerlo, calle por calle, esquina por esquina, no importa que hoy tenga otra imagen, cerremos los ojos y echemos a andar vivencias y pasajes. Para que la historia nos siga acompañando.


Opinión

ARQ. ABEL COLORADO SÁINZ

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