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Singer

Opinión

Viernes, 29 Junio 2012

La aparición de la máquina de coser Singer se dejó sentir en todo el mundo. Las mujeres que habitualmente costureaban con aguja, dedal y bastidor se maravillaron con un extraño aparato que cosía más rápido y hasta remendaba.
Fue ilusión de nuestras bisabuelas y abuelas que el señor de la casa se dispusiera para la compra de una máquina que sería a la par que útil, un motivo de orgullo para la familia poseedora.
Más todavía, las compañías vendedoras daban fiado, se podían ir pagando poquito a poquito cada mes y durante mucho tiempo.
Ante tales argumentos de las señoras de la casa no había más que ir a la tienda y conseguir una máquina en abonos. En seguida, los vecinos hacían lo mismo y así fue como Singer, lejos de globalizaciones y tratados de libre comercio, se fue metiendo en todos los hogares para provecho y satisfacción de los compradores.
Pero nunca faltaba un pelo en la sopa: había que firmar un contrato con letra chiquita y unos vales para irlos pagando cada mes y se dio el caso de que si se dejaba de pagar la última mensualidad el vendedor recogía su mercancía y todo se perdía.
¡Qué barbaridad! Esa es una injusticia; si se pagaron los dieciocho o veinte meses del abono, sólo por no poder cubrir el último se llevan la máquina, son unos sinvergüenzas, decían los compradores, en tanto que los vendedores se justificaban: eso es por ley, lo dice el contrato y ustedes firmaron.
Las protestas llegaron hasta las cámaras legisladoras y los códigos se corrigieron: cuando se rescinde un contrato de bienes en abonos, el adquirente tiene que devolver el producto y recibir del vendedor lo que pagó a cuenta; deduciéndose una cantidad como renta por el uso de la máquina. Así, ya las cosas eran distintas.
En ocasiones y ante la angustia de no tener para pagar los últimos abonos, los compradores llevaban a pignorar las máquinas al Nacional Monte de Piedad y sucedió que los días de las madres el Monte les devolvía gratuitamente sus máquinas empeñadas, amabilidad que fue muy reconocida y agradecida. También se regresaban de gratis las herramientas de los obreros y artesanos urgidos de dinero, porque en aquellos años todo era muy barato pero la pobreza de la gente era muy grande.
Hoy, con justa razón, las familias hacen lo imposible por conseguir una pequeña fracción de terreno para ir levantando sus casas; con frecuencia la compraventa a plazos se hace a la palabra y si el adquirente no llega a cumplir, se le echa del lote y pierde cuanto haya dado y construido. Eso también es una infamia.
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