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Informalidad

Opinión

Miércoles, 18 Julio 2012

La OCDE expresó hace unos días que la informalidad en México debe preocuparnos. La verdad, no se necesitaba la declaración, porque la informalidad ha sido una preocupación tanto del gobierno como de los que opinamos desde hace tiempo. Lo que no se ha logrado es que la preocupación se transforme en soluciones, ni mucho menos en políticas públicas.
Lo primero que deberíamos hacer, si queremos resolver un problema, es plantearlo bien, lo que en el caso de la informalidad exige una definición con la que podamos trabajar. La definición más adecuada es que informal es aquel trabajador que no cuenta con las prestaciones de salud y seguridad social que se han establecido como obligatorias. Si usamos esa definición, hoy en México dos de cada tres trabajadores son informales. Sin embargo, no es eso a lo que muchos se refieren cuando hablan de informalidad, porque en su opinión este fenómeno es relativamente reciente, resultado de la crisis de 1982 y las posteriores decisiones económicas. Esa informalidad a la que se refiere esta interpretación es más bien el fenómeno que otros llaman ambulantaje. Para medir esta dimensión, el INEGI construyó un indicador con base en el cual estima que por ahí de 14 millones, de los 50 que forman la población económicamente activa, son informales. Esta definición tiene que ver con organizaciones familiares, o algo parecido, con menos de cinco trabajadores, sin lugar establecido, etc. Por eso es más una medida de ambulantaje que de informalidad.
Si nos referimos a informalidad con la primera definición, que es la que se usa en buena parte del mundo, entonces el problema a resolver es que todos los mexicanos tengan acceso a servicios de salud y de seguridad social. Por cierto, cabe recordar que es precisamente en este último tema, la seguridad social, en donde tenemos el mayor faltante social. Si ve usted el indicador de pobreza multidimensional de Coneval, encontrará que en casi todo hemos mejorado mucho, salvo en la seguridad social, en donde casi dos terceras partes de los mexicanos son “vulnerables”.
Cuando se da uno cuenta de que la informalidad se resuelve otorgando servicios universales de salud y seguridad social es mucho más importante el gran esfuerzo del Seguro Popular, creación de Julio Frenk en el sexenio de Vicente Fox, pero llevado a su culminación durante este sexenio. Ese seguro permite que todos los mexicanos puedan atenderse de ciertas enfermedades, no de todas. Se trata de las enfermedades que con más frecuencia generan gastos catastróficos a las familias, de forma que este seguro es fundamental en la lucha contra la pobreza.
Ahora, según se entiende por las declaraciones, el candidato ganador de las elecciones, Enrique Peña Nieto, propone hacer algo similar pero en la seguridad social. También entiendo que la idea básica es la que Santiago Levy propuso hace algunos años, que consiste en terminar la transformación de nuestro sistema de salud y seguridad social de uno asociado al empleo a uno universal. Hasta ahora, o si quiere hasta el 2003, los servicios de salud y seguridad social estaban asociados al empleo. Si usted tenía un trabajo en el que le pagaban el IMSS, usted aportaba una parte de su sueldo y su empleador otra para que tuviera usted servicios de salud en las clínicas de la institución, atención para los niños en las guarderías, pero también para ir aportando para su pensión.
A partir de 1997 esta aportación a la pensión se separó del IMSS para convertirse en el sistema de Afores, que resulta muy útil para quienes tienen ingresos superiores a cinco salarios mínimos, y que no afecta a quienes ganan menos, porque hay el compromiso de subsidiar el ahorro individual para que la pensión nunca sea inferior a un salario mínimo. A pesar de esta reforma, el IMSS tiene serios problemas financieros. Entiendo que utilizará ya sus reservas y que a partir de 2013 requerirá transferencias directas del gobierno federal para mantenerse en funcionamiento. Algo similar le ocurre al ISSSTE. Hay además un centenar de sistemas pequeños de seguridad social en universidades, entidades federativas y una que otra dependencia pública que son una verdadera tragedia.
La creación de un sistema universal de seguridad social puede resolver todo esto de golpe, al subsumir todos los sistemas actuales, grandes y pequeños, en un solo paraguas. Pero esto no reduce el costo, nada más simplifica la administración. El costo hay que asumirlo entre todos a través de impuestos, y ahí es en donde todo se atora siempre. Por otra parte, no es cosa menor el tipo de incentivos que un sistema universal produce. Por definición, todo mexicano tendrá derecho a una pensión simplemente por acumular la edad requerida, lo cual implica que no importa si usted trabajó o no, tendrá su pensión. Sin duda esto no incentiva al trabajo, pero todo depende de en cuánto se establece la pensión. Se trata de evitar que las personas caigan en pobreza, o más claramente, en la miseria, por tener una edad en la cual ya no pueden trabajar. Como en todo, hay que ser muy cuidadoso en las cuentas. Una cantidad muy pequeña implica que los viejitos vivirán en la miseria; una cantidad muy grande desincentiva el trabajo.
No está claro si, además, se quiere incorporar en este sistema una especie de seguro de desempleo. Como en el caso de las pensiones, puede ayudar a reducir la miseria pero también puede incentivar la holgazanería. Todo depende de la cantidad.
Sin embargo, estos programas universales tienen una virtud muy importante: sí ayudan a redistribuir el ingreso hacia quienes menos tienen. Y eso es un avance muy significativo para México. Recuerde usted que prácticamente todos los programas “sociales” antes de 1997 no ayudaban a los más pobres. Hoy, sólo Oportunidades, Piso Firme y el Seguro Popular son de este tipo de programas, progresivos. La educación básica es el otro “programa” que existe desde antes.
En suma, la propuesta de universalizar la seguridad social parece tener más virtudes que defectos para México. Habrá que ver los detalles, y sobre todo la reforma fiscal obligada para financiar esta transformación. Hay motivos para el optimismo.
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